LA VANGUARDIA

15/11/2004

"Mandato y herencia de Arafat"

Kenneth W. Stein

SI ALGUIEN LE criticaba, estaba crotocando al mismo tiempo -¡de forma inverosímil!- el objetivo de liberar Palestina

ARAFAT PROMOVIÓ el apoyo a la causa palestino, pero incurrió en errores políticos verdaderamente célebres


En los últimos cinco años han fallecido cuatro líderes de Oriente Medio que se mantuvieron treinta o más años en el poder: El Assad de Siria (1970-2000), Hussein de Jordania (1953-1999), Zayed Bin Sultan Al Nahayan de los Emiratos Árabes Unidos (1965-2004) y Hassan de Marruecos (1961-1999). Con ocasión de cada una de sus muertes se suscitó la cuestión -teñida de inquietud- sobre la posibilidad de una transición sin sobresaltos, aunque, llegado el caso, los respectivos procesos se desarrollaron de forma relativamente serena y apacible. Pero Yasser Arafat dominó la escena política palestina desde 1968 y, a diferencia de otras sociedades, la palestina encara un periodo de inestabilidad y agitación, mientras se esfuerza denodadamente por recomponer su futuro bajo un nuevo liderazgo. Los coetáneos asimismo desaparecidos de Arafat invirtieron ingentes energías en la conciliación de los intereses de distintos clanes y tribus, etnias, grupos religiosos y dispares clases sociales a fin de edificar las correspondientes identidades nacionales. Los minuciosos preparativos realizados en su momento aseguraron en cada caso una transición relativamente pacífica, aunque en una u otra medida estos líderes hubieron de vivir presa del miedo ante las luchas políticas por su sucesión. Gracias a cuerpos de seguridad omnipresentes, impulsaron en todo momento sus propósitos, sofocaron toda disidencia y extendendieron su dominio personal sobre el entero sistema político.No obstante, todos crearon algún tipo de mecanismo -partidos, parlamento, sistema constitucional o jurídico- configurador de la columna vertebral del país. Por más que monopolizaran el poder, suturaron cuerpos sociales extremadamente dispares en el tejido de una identidad nacional común. Arafat, a su vez, se valió de más de media docena de servicios de seguridad para asegurarse su preeminente control. Dejó de estimular -expresamente- la articulación de una pujante colectividad y, por el contrario, cimentó el movimiento nacional palestino sobre la base del sacrificio, la humillación y la opresión infligidos por un poder externo: el sionismo, Israel y todos sus partidarios. Arafat aplicó la clásica perspectiva patrimonialista. Arafat era la ley. Fijó las reglas de la conducta y el discurso político. Dar cuenta de sus iniciativas y decisiones no figuraba en su léxico de gobierno. El dinero fluía a las arcas de Arafat y de la OLP a una escala sin precedentes. Desembolsó fondos para engrasar el respaldo a su liderazgo. Los recursos públicos eran su coto particular y el control del bolsillo le permitía ejercer un control absoluto del movimiento nacional. Un columnista del periódico beirutí Daily Star calificó recientemente su mandato de "casi dictatorial". Se invistió personalmente del combate contra Israel. En consecuencia, si alguien le criticaba, estaba criticando al mismo tiempo -¡de forma inverosímil!- el objetivo de liberar Palestina. La atención que le dispensaban los líderes internacionales no hacía más que proporcionar oxígeno a su orgullo y lucha personal. Cualquier encuentro con un líder internacional en Ramallah u otra capital internacional sumaba prestigio y reconocimiento a su figura, otorgando carta de naturaleza a su legitimidad como líder con un poder ilimitado. Arafat personalizó el poder, que mantenía con mano fuerte y sin compartirlo. En lugar de aunar distintas fracciones de la comunidad palestina con ayuda de instituciones independientes, frustró su progreso. La creación o refuerzo de instituciones políticas distintas de las que controlaba personalmente -como la OLP o Al Fatah- habrían amenazado su liderazgo. De ahí que cuando se veía obligado a compartir el poder en determinadas circunstancias, era sólo de modo provisional e invariablemente revocable. En tales condiciones, una previsión sucesoria habría abierto ciertas perspectivas para acabar con su mandato antes que él se aviniera a aceptarlo. Si bien numerosos palestinos refunfuñaban habitualmente por su estilo dictatorial, muy raramente se le enfrentaban abiertamente y de manera continuada. Y cuando surgían discrepancias sobre sus decisiones políticas o incluso algún amago de rebelión ante su férula, aplastaba las voces críticas de modo imperturbable. Si se veía desafiado entre sus propias filas, daba con la forma de amenazar, castigar o despreciar tales posturas. ¡Cuántas veces a lo largo de los años noventa figuras palestinas como Hanna Ashrawi, Saeb Erekat, Mahmud Abbas (Abu Mazen), Ahmed Qurei (Abu Ala), Mohamed Dahlan, Jabril Rajoub y Feisal Husseini -para nombrar sólo unos pocos- disentían de sus políticas, echaban pestes de él o dimitían de un cargo para regresar posteriormente a un puesto de responsabilidad bajo su dirección! Era admirado y temido a la vez, querido y criticado, y era un maestro a la hora de lograr respaldo a su persona y entorno. Logró vender exitosamente el sufrimiento del pueblo palestino, pero poco hizo para mejorar su situación económica. De una manera absolutamente asombrosa y extraordinaria, promovió sin desmayo el apoyo árabe y de la comunidad internacional a la causa palestina, pero incurrió en errores políticos verdaderamente célebres. Su abierta aprobación de la invasión de Kuwait en 1991 por parte de Saddam Hussein motivó que más de 350.000 palestinos se vieran expulsados de los países árabes productores de petróleo y vieran confiscadas sus cuentas. Cuando Arafat se negó a firmar un acuerdo negociado previamente con los israelíes en 1994, el presidente egipcio Mubarak -que había comprometido su prestigio personal en la mediación- se encolerizó tanto por la demora de Arafat en la firma del documento que se descolgó ante él con un: "¡Firma, hijo de perra!". Y aunque reiteradamente renunció al terrorismo, su compra de 50 toneladas de armas de Irán confiscadas a bordo del navío Karine A en enero del 2002 le convirtió prácticamente en un enemigo de los norteamericanos. Posteriormente Arafat fue considerado como un compañero de cama de Ossama Bin Laden. Personalidades palestinas y líderes de Oriente Medio trataron con el tiempo de influir, usurpar el cargo, socavar o dar coba a la causa palestina, a los privilegios de la OLP y al papel del propio Arafat en su seno. Arafat basó su propia carrera en mantener a raya estos desafíos. Cuando los gobernantes de Oriente Medio mostraron mayor interés e inquietud por sus intereses que por la causa palestina o trataron de controlar su rumbo, les avergonzó públicamente por perjudicar el intento palestino de liberar Palestina. Arafat despreció al presidente egipcio Sadat por querer representar a los palestinos en Camp David en 1978 y hacer las paces con Israel, presentando tal actitud como factor positivo para la causa palestina y su liderazgo. Riñó prolongadamente con el rey Hussein de Jordania por la representación del pueblo palestino, el control de Cisjordania y la custodia árabe de Jerusalén en caso de que una parte fuera cedida o liberada por Israel. Las tres metas de Arafat fueron mantener a la OLP como único representante legítimo del pueblo palestino, liberar a Palestina por las armas o la diplomacia y retener de forma absoluta el poder de decisión en sus manos. Fue el símbolo vital de la causa palestina. En los momentos críticos apelaba a la cuerda emocional, dado que luchaba por todos los palestinos. Sin embargo, su muerte ocasiona una herencia de luces y sombras. Sin dejar de dar quebraderos de cabeza a los líderes norteamericanos y europeos, maniobró sin cesar durante más de tres decenios para mantener con vida la causa palestina. Recurriendo al terrorismo y rechazando un acuerdo con Israel para acabar de una vez el conflicto palestino-israelí, fomentó de hecho una predisposición israelí a desconfiar de los líderes árabes, con lo que, de paso, agudizó el sentimiento de identidad israelí induciéndole a creer que Arafat era por ejemplo como un zar, el muftí de Jerusalén, Hitler, Nasser o El Assad decididos a destruir el Estado judío. También es cierto que, aun cuando saqueó los fondos palestinos para mantenerse en la cumbre, evitó que todo un pueblo -por lo demás dividido- cayera en el olvido político. Ahogó el avance de instituciones políticas impidiendo al propio tiempo que surgieran jóvenes líderes para llevar las riendas del futuro de Palestina. A corto plazo su muerte no dará paso probablemente a un acuerdo palestino-israelí, pero a más largo plazo su desaparición, como la de Hamas y otros líderes radicales con anterioridad, permitirá que los palestinos consideren la posibilidad de avanzar por derroteros moderados en lugar de optar por el radicalismo en la acción política. Un signo del peso de Arafat en el seno de la comunidad palestina, aparte de que su desaparición se produce sin una clara orientación sucesoria, debe buscarse en el borrador de la Constitución palestina, según la cual el poder en el seno del propuesto Estado palestino descansa en gran medida en la institución parlamentaria y en un sistema judicial independiente, y no en las manos de un presidente autócrata.

KENNETH W. STEIN, profesor de Historia de Oriente Medio.Univ. de Emory, Atlanta (EE.UU.)
Traducción: José María Puig de la Bellacasa