La Vanguardia ¿Europa sólo mira las llamas? June 21, 2004 Kenneth
W. Stein LOS
PROPIOS INTERESES económicos europeos demandan que se proceda
a actuar en Iraq para asegurar una situación libre de sobresaltos Al término de la cumbre del G-8 celebrada en Sea Island a principios de mes, George W. Bush manifestó: “Coincidimos en respaldar la vía de las reformas en Oriente Medio”. En un año electoral en el que el candidato demócrata John Kerry ha acusado a Bush de indisponerse con buen número de sus tradicionales aliados europeos, Bush ha puesto toda la carne en el asador para dar la sensación de que las relaciones entre Washington y las capitales europeas han optado por emprender una senda conciliadora. Desde el comienzo de la guerra de Iraq, los representantes políticos y analistas, con escasas excepciones, han denigrado a la Administración Bush por su arrogante y preventivo unilateralismo. Se trata de algo más que de la mera convicción de que sea posible modificar el paisaje político de Oriente Medio desde el exterior; resulta que es el propio George W. Bush, la persona, de quien se habla en tono duro y mordaz tanto en Europa como en el mundo árabe. En términos históricos comparados y salvo el periodo de la guerra de Vietnam, no había aflorado tanta inquina no sólo contra una determinada política estadounidense, sino contra el propio presidente en forma de aceradas burlas. Entre la Unión Europea y Estados Unidos existe, en términos generales, un grado de sintonía con relación a los objetivos esenciales: combatir el terrorismo, detener la proliferación de armas de destrucción masiva y resolver las consecuencias de la quiebra (en toda su dimensión humana, social y política) que ha aquejado a países cuya misma estructura y articulación interna se ha desmoronado literalmente. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias en caso de que Iraq no recomponga su organización como país o el régimen saudí se halle en grave riesgo? ¿Controlar el precio de la gasolina, como hace poco? El ánimo de los europeos permanece hincado en su justificada indignación por el hecho de que Bush mintiera al referirse a la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq. Se juzga que Bush, al adoptar la vía de la acción preventiva, no es persona que sopese y considere atentamente las cosas. Los políticos europeos, por su parte, prefieren la vía de la transformación social y económica gradual a una brusca reestructuración o vuelco de un régimen político. Los europeos siguen prefiriendo observar cómo se desarrollan los acontecimientos al tiempo que les incomoda el uso que Estados Unidos hace de su poder para llevar a cabo una transformación. Los países de la Unión Europea y Estados Unidos se diferencian en el factor preferente en la resolución del conflicto palestino-israelí: la Administración Bush antepone la necesidad de llevar a cabo reformas políticas a la cuestión de la resolución del conflicto. A la inversa, Chris Patten declaró a finales de marzo de este año: “El estancamiento del proceso de paz ha bloqueado el avance de las reformas”. ¿Qué ha cambiado con respecto a dos años atrás? Pues que los regímenes árabes anteponen una autocrítica a su exigencia de que se solucione el problema palestino o, a lo sumo, afirman que ambas cuestiones deberían impulsarse al mismo tiempo. Incluso los propios analistas árabes, sin dejar de apoyar y defender con ardor la causa palestina, consideran de modo independiente la resolución del conflicto y las necesarias reformas en la región. Y, aunque los países árabes –en general– desacreditan tanto el mensaje como al mensajero defensor de las reformas –en especial en tanto Iraq siga ocupado y Bush se mantenga extraordinariamente próximo a Israel y a Ariel Sharon–, persisten voces asimismo árabes que se pronuncian en favor no sólo de reformas políticas internas, sino también de una guerra más intensa y amplia contra el terrorismo. Sea uno partidario o no de Bush, es indudable que la doctrina Bush es incisiva y audaz. No se contenta meramente con salvaguardar la integridad territorial de los países de Oriente Medio, una política que todos los presidentes norteamericanos han respaldado desde el término de la Segunda Guerra Mundial. Contiene la clara exigencia de reformas que prosperen en el seno de esos países. El propósito que la anima no es la protección de fronteras consagradas sino la promoción de los derechos de las mujeres, el refuerzo de las instituciones políticas y, en definitiva, la solución del problema del desfase científico y tecnológico, admitido por los propios analistas árabes. De la misma manera, se propone derribar, abatir o deponer regímenes autocráticos y burocracias fosilizadas. Pone énfasis especial en la modificación de actitudes y comportamientos inherentes a la cultura política de Oriente Medio en cuyo seno los individuos, familias, tribus y grupos étnicos poseen más autoridad y poder que los cuadros y cargos de las instituciones políticas nacionales (sistema judicial, parlamentario o de partidos) cuyas filas nutren ellos mismos. Anteriores presidentes estadounidenses (Wilson, Franklin D. Roosevelt, Truman, Eisenhower y Carter) han impulsado la defensa y promoción de los valores estadounidenses en el exterior en una serie de esfuerzos orientados a hacer retroceder el fascismo y el comunismo y a promover los derechos humanos en general. De acuerdo con el punto de vista de Bush, instaurar la libertad, independencia y la democracia en Afganistán, Iraq y entre los palestinos constituye la otra cara de la moneda de la guerra contra el terrorismo. Los analistas, especialistas, comentaristas y responsables políticos tanto de Oriente Medio como de fuera de la región se muestran críticos con la opción de cambiar Oriente Medio desde fuera aunque reconocen la necesidad de un cambio. Proponen actuar con prudencia y cautela. Modificar el comportamiento político de los países árabes de Oriente Medio antes de que los valores democráticos y las nociones de la sociedad civil hayan arraigado en la estructura política es una receta segura para el desastre. “Un hombre, un voto, un mandato” no equivale por sí solo a la democracia. Se advierte el temor, tanto en Iraq como entre los palestinos, de que fijar o establecer con excesiva antelación o rapidez una convocatoria electoral puede plausiblemente dar pie a presenciar el avance de un gobierno islámico radical (como, lamentablemente, el de Irán). Es menester poner un gran cuidado en lo que se desea establecer y promover (así como en los esfuerzos e iniciativas a ello conducentes); se trata indudablemente de una actitud que obedece a una justificada cautela. Sin embargo, en Afganistán están cuajando reformas incipientes aplicadas de forma sosegada (que ciertamente distan de poderse calificar de óptimas). Cabe referirse, asimismo, a una noticia publicada en los medios de comunicación árabes a lo largo de los últimos meses. No adquiere aún el carácter de tendencia, pero es más que un simple apunte. A la luz de las matanzas periódicas de soldados destinados a organizar y aportar cohesión a Iraq, y de los diversos atentados terroristas perpetrados en territorio de Arabia Saudí, aumentan los llamamientos en favor de reformas internas, así como renovadas apelaciones a sumarse a la guerra contra el terrorismo. A principios de junio del 2004, los periódicos saudíes y libaneses publicaron este tipo de comentarios: “La tarea de combatir el terrorismo no es responsabilidad de las fuerzas armadas, la policía o el Gobierno; es tarea de toda la sociedad (...). Es legítimo expresar el temor de que el fenómeno de la violencia que se ha propagado por numerosos países árabes excede con creces a una mera manifestación de la desesperación que aqueja a los jóvenes que han perdido el norte y se han visto arrastrados a ir por senderos que no comprenden (...). Se trata de un fenómeno que alcanza a cientos de miles de jóvenes árabes sometidos a diversas penalidades: no sólo de orden material, sino también moral, cultural, educativo y social”. En suma, ¿qué han hecho los países árabes en lo referente a las desigualdades sociales y económicas en su propio suelo? Muy poco. Han aplicado escasa voluntad a la hora de encararse con sus propios bandidos o forajidos –Ossama Bin Laden, los talibanes y Saddam Hussein– confiando por cierto en los demás para que les sacaran las castañas del fuego. Ahora –como por otra parte ellos mismos constatan– no acusan a los europeos, a Israel o a Estados Unidos. Y ahora, ¿qué? ¿Desplegarán los países árabes su acostumbrado floreo retórico o, por el contrario, cobrarán arrestos, empeñarán fuerzas y recursos, comprometiéndose a erradicar un problema que se desliza insidiosamente en su existencia cotidiana y representa una amenaza para la continuidad y perdurabilidad de sus regímenes? Puede, ciertamente, acusarse a la coalición dirigida por Estados Unidos y Gran Bretaña de no haber previsto adecuadamente la organización de una estructura de seguridad en la era post-Saddam, pero los saudíes sólo pueden acusarse a sí mismos por haber sobornado a la oposición y a los grupos radicales durante todos estos años. Y, en cuanto al resto de los países árabes, sólo pueden acusarse a sí mismos por permitir que durante los últimos treinta años se desarrollara una situación en la que se pasaron por alto acciones terroristas a cargo de estados, grupos y personas. Me da la sensación de que las cuestiones en liza en Arabia Saudí y otros países del golfo de Arabia son mucho más graves de lo que muchos dan a entender. ¿Arde la mansión del petróleo y nadie tiene a mano una buena manguera para apagar el fuego? ¿Serían tan elevados los precios del petróleo si la mayoría de los países europeos hubiera aportado su concurso efectivo y sus tropas para ayudar a proteger y garantizar la seguridad de los yacimientos petrolíferos en Iraq? Aún es tiempo de proceder con realismo y pragmatismo, sin dejar de guardar una notable distancia respecto de las perspectivas y mentalidad de Washington. Es incluso plausible que los propios intereses económicos europeos estén demandando que se proceda a actuar en orden a asegurar una situación libre de sobresaltos caracterizada por la estabilidad. KENNETH
W. STEIN, profesor de Historia de Oriente Medio y de Ciencia Política
de la Universidad de Emory, Atlanta (EE.UU.) |