LA VANGUARDIA - 03.54 horas - 11/04/2002 "Un esfuerzo ímprobo" by KENNETH W. STEIN De todas las circunstancias acaecidas en los últimos treinta años en las que Estados Unidos ha intentado mediar en el conflicto árabe-israelí, el actual esfuerzo del secretario de Estado Colin Powell es el que presenta mayor dificultad. Tiene la suerte enormemente en contra en el sentido de conseguir lo que el secretario de Estado Henry Kissinger y el presidente Jimmy Carter hicieron hace un cuarto de siglo: lograr, respectivamente, unos acuerdos que dejaran las manos libres y un acuerdo de paz viable que resistiera el paso del tiempo y que no se viera socavado por la violencia entre estados o áreas regionales. Aunque las probabilidades de éxito que tiene Powell de lograr una tregua temporal o un alto el fuego en los 18 meses de "intifada" son razonablemente esperanzadoras, resultan escasas si se trata de poner en marcha negociaciones hechas y derechas y con resultados de cierta solidez. No será por falta de voluntad o de valentía de la Administración Bush que Powell se ha involucrado personalmente en el fragor de la negociación. Las realidades que actúan en el teatro de operaciones palestino-israelí y el áspero ambiente que las rodean apuntan hacia un eventual menguado progreso a largo plazo, a menos, claro está, que uno o ambos líderes y sus pueblos respectivos den un giro espectacular en sus orientaciones respectivas. Por una variedad de muchas y excelentes razones, la Administración Bush, a pesar del tono elevado de los llamamientos de los aliados europeos, no se ha comprometido a fondo en el contencioso palestino-israelí. Ha procedido a crear -y ha obtenido a cambio un parco reconocimiento- el marco de un acuerdo palestino-israelí negociado. Se dispone ya de la propuesta de alto el fuego de Tenet y del plan Mitchell (elaborado con las aportaciones de Turquía, Noruega y de la Unión Europea) para generar cierta confianza en el lugar del conflicto; de la reiterada declaración del propio Bush sobre la necesidad de crear un Estado palestino vecino del Estado de Israel con seguridad para ambos, y del discurso de Powell de noviembre del 2001 que trazó esmeradamente un proyecto relativo a los asentamientos. Estados Unidos y Europa les han hecho los peldaños a la medida a ambas partes para que procedan a bajar por ellos si así lo desean. Hasta ahora se han mostrado más renuentes que dispuestos a ello. La Administración Bush no pudo dejar de tomar nota en su día del titánico pero fracasado esfuerzo de la Administración Clinton para alcanzar un acuerdo negociado palestino-israelí, ni ha podido dejar de tomar nota de que el propio Clinton cargó el peso de la responsabilidad de la intransigencia negociadora sobre los hombros de Arafat. Sin embargo, ambos episodios fueron señales de advertencia para no echarse de cabeza a la piscina de las negociaciones si ésta no superaba el nivel de unos pocos palmos de agua. Y, especialmente desde el 11-S, la ya previa incredulidad de la administración Bush en la palabra de Arafat no hizo más que agudizarse desde que la idea de la "erradicación del terrorismo" se convirtió en un sello de la doctrina Bush. Aunque algunos argumentan que la oposición palestina y los ataques contra las acciones de Israel constituyen las acciones legítimas de quienes luchan por su libertad contra la ocupación, la Administración norteamericana no lo ve de esta manera, ni tampoco una mayoría del pueblo norteamericano. A diferencia de la negociación egipcia-israelí de los años setenta, en la que Israel sabía que tendría que devolver el Sinaí a cambio de un acuerdo y Egipto sabía que un acuerdo era el precio por la devolución de su tierra, ni los palestinos ni los israelíes se ven aún en la circunstancia de tener que decidir de manera clara a qué están dispuestos a renunciar. Ninguna de las partes parece hallarse en disposición de hacer concesiones atrozmente dolorosas en asuntos esenciales. Los estados árabes y los palestinos rechazan ceder de modo claro y sin ambages sobre el derecho de los palestinos a volver a la situación previa a la guerra de 1967 con Israel; y los israelíes rechazan ceder toda o casi toda la tierra y los asentamientos creados en Cisjordania y la franja de Gaza desde entonces. Los israelíes no dudan de que se creará un Estado palestino; ya no está tan clara la buena disposición del mundo palestino y árabe a presenciar la realidad de un Estado judío en la tierra que los palestinos consideran que es la suya propia. Las posibilidades de Powell de tener éxito duradero se complican por la repugnancia sin límites que se profesan Sharon y Arafat. Se trata de un desdén sin precedentes en la historia del liderazgo en el marco de las relaciones árabe-israelíes. No es posible que se pierda la confianza entre ambos líderes porque nunca la tuvieron; se han estado acechando el uno al otro toda la vida. Cuando negociaron Kissinger y Carter, la opinión pública árabe estaba relativamente tranquila con relación al momento actual, en que existe un nivel de ira sin precedentes frente a Israel y Estados Unidos. Los israelíes están conmocionados por la irrupción en sus vidas de los ataques suicidas; están locos por destruir las raíces del terrorismo árabe y en una proporción de 7 sobre 10 apoyan las acciones de Sharon contra el terrorismo palestino. Además se añaden a todos estos obstáculos, las sensibilidades y las emociones al rojo que rodean los temas clave de la negociación: fronteras, uso de recursos, asentamientos, Jerusalén, refugiados y prerrogativas del Estado palestino. A pesar de estos desafíos, Powell, para tener éxito, habrá de ser duro y hacer gala de un enorme aguante. Cumplir meramente las necesidades de seguridad de ambas partes será insuficiente; lograr meramente un entendimiento pactado será inútil sin un mecanismo de aplicación de medidas que lleve aparejado un precio que pagar si incumple una de las partes. Sin un paquete de ayudas financieras para edificar una economía palestina un alto el fuego y retirada israelí de las ciudades palestinas carecerán de sentido.. En breve, el secretario de Estado Powell se dará cuenta de que no puede quedarse en Oriente Medio para siempre, de modo que la Administración necesitará una persona o método en el propio lugar del conflicto que cuenten con el respaldo presidencial y con el apoyo de Europa, Rusia, los estados árabes y Estados Unidos. Un nuevo acuerdo provisional o una serie de acuerdos provisionales deben ser engarzados o conectados con un proceso político que resulte en la creación de un Estado palestino contiguo dotado de autogobierno. Debe garantizar a Israel una seguridad incondicional aun si persisten brotes periódicos de violencia. Por último, los estados árabes deben restringir la virulencia verbal que sigue manando de los medios de comunicación árabes bajo control gubernamental y que no hace más que añadir gasolina a un fuego que ya ha prendido. Los hechos puros y duros persistirán una vez Powell abandone la región: la demanda palestina de autodeterminación así como el Estado de Israel no pueden ser destruidos; Israel no puede absorber tres millones de palestinos y seguir siendo un Estado de mayoría judía. Una solución de dos estados es la única alternativa viable. A diferencia de Salomón y el recién nacido, la tierra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo debe repartirse. La pregunta que sólo israelíes y palestinos pueden contestar es la de cómo. KENNETH W. STEIN, profesor de Historia y Relaciones Políticas de Oriente Medio de la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia |