LA VANGUARDIA ¿Transición política en Oriente Medio? 23/03/2004 KENNETH
W. STEIN Se ha franqueado un importante paso en la senda de la transformación de Iraq desde una dictadura brutal a una estructura pluralista de autogobierno. Firmado el pasado 8 de marzo, el texto de la Constitución transitoria iraquí proporciona una “hoja de ruta” acerca de la forma en que Iraq debería gobernarse tras el periodo de administración civil estadounidense que de modo patente finaliza sus funciones el próximo día 30 de junio de este año. Sin solucionar aún la miríada de los problemas pendientes de Iraq, las veinticinco personas del Consejo de Gobierno con representación de cristianos, kurdos, suníes, chiitas y turcomanos han demostrado que puede prevalecer el espíritu de transacción. El islam es la religión oficial, pero la sharia (ley canónica del islam) no constituye el único fundamento del sistema legal; se garantizará la libertad de expresión y el 25% de los escaños reservados a mujeres en el futuro Parlamento electo constituyen un objetivo, no una cuota. Se prevé la celebración de elecciones parlamentarias para el año 2005 y elecciones presidenciales para el año 2006. ¿Y si son los iraquíes quienes marcan efectivamente el rumbo? ¿Y si quienes lanzan bombas, los terroristas y los obstruccionistas no logran instigar el desencadenamiento de una guerra civil en Iraq entre grupos étnicos y tribales? ¿Y si los grupos opuestos a la presencia de la coalición liderada por Estados Unidos en suelo iraquí no consiguen propiciar una retirada vergonzosa? ¿Y si el mosaico étnico hecho de divisiones tribales y azuzado por líderes egocéntricos desembocara en realidad en un fomento de los valores democráticos? ¿Y si fraguara un pacto nacional iraquí y se impusiera un sistema de tipo federal? ¿Cuáles pueden ser las ramificaciones a largo plazo en la región si Iraq logra –aunque sea parcialmente– tras Afganistán establecer un gobierno estable basado en el pluralismo? Como analista de Oriente Medio a lo largo de un cuarto de siglo, me inclino a confiar en que estas distintas formas de transición sean efectivamente viables; sin embargo, el optimismo no debería obnubilar la conciencia de realidades evidentes. La redacción de un texto constitucional interino ha constituido un importante logro porque significa que muchas partes han procedido a negociar las relaciones entre lo que representa el Estado y la sociedad civil. Se han hecho concesiones, pero se han pospuesto decisiones difíciles que se remiten de hecho a una futura reconsideración. En el caso iraquí, la caída del odiado régimen anterior, combinada con la constatación de que habrá recursos petroleros disponibles en el porvenir, puede implicar que la actitud de participar en las decisiones políticas oficiales puede equivaler a su vez a proceder al servicio de intereses particulares. Al éxito le salen de inmediato muchos parientes, en tanto que el fracaso es, irremediablemente, un huérfano. Hay que decir la verdad: si la red (Al Qaeda) de Ossama Bin Laden no hubiera atacado a Estados Unidos y Estados Unidos no hubiera expulsado con tanta celeridad a los talibán de Afganistán para inmediatamente adoptar una actitud hostil contra Iraq, no se procedería ahora a la tarea de edificar una nueva estructura de gobierno en Iraq. Lo cierto es que ni los líderes árabes –ni la Liga Árabe– se hallan en condiciones de atribuirse los méritos de esta fase de transición; tampoco Alemania, Francia ni ningún otro país pueden reclamar la paternidad de este cambio en Iraq si arraiga efectivamente. Atribúyase, en todo caso, a los países que expulsaron enérgicamente a Saddam del poder fomentando la reconstrucción democrática del país. La Administración Bush –que ha liderado la coalición para derribar a Saddam– no ceja en sus esfuerzos para que cuaje la transición en Iraq. Y, desde una perspectiva más amplia, ha trazado un plan ambicioso que abraza diversas iniciativas destinadas a transformar la fisonomía de Oriente Medio, a partir de la realidad de actuales regímenes autocráticos hacia los valores democráticos y la prosperidad económica. El presidente Bush, al desplegar conceptual y doctrinalmente su perspectiva sobre los acontecimientos en noviembre del 2003, ya proclamó vehementemente que “la democracia iraquí tendrá éxito –e irradiará su realidad, expandiendo su vigor de Damasco a Teherán– de forma que la tarea de edificar un Iraq libre en el corazón de Oriente Medio constituirá un hito en la revolución democrática global”. En enero de este año, en el Foro Económico Mundial de Davos, el vicepresidente Cheney proclamó asimismo la legítima iniciativa de la Administración Bush sobre la democracia en Oriente Medio citando en esta ocasión los informes sobre progreso humano de las Naciones Unidas, del 2002 y el 2003. Los intelectuales árabes aludieron al déficit de libertad en Oriente Medio y a la necesidad de reformas, mayor participación política, observancia de la ley, apertura económica y mayor intercambio comercial. Cheney razonó que la democracia en Oriente Medio implica un mayor nivel de seguridad nacional; en otras palabras, la guerra contra el terrorismo puede ganarse si los pueblos de todo Oriente Medio superan su deficit en materia de libertad. La iniciativa conjunta sobre Oriente Medio (Middle East Partnership Initiative, MEPI) de la Administración Bush, recientemente publicada en detalle, descansa en cuatro pilares. Primero, el pilar económico, que promueve el crecimiento económico y del empleo en particlar en toda la región a través de la expansión y la iniciativa empresarial del sector privado. Segundo, el pilar político, que dé paso a mayor número de opciones y tendencias políticas de modo que éstas puedan elegir su sistema de gobierno con arreglo a un marco legal. Tercero, el pilar educativo, que permita a todos los ciudadanos, incluidas las jóvenes, adquirir los conocimientos y formación necesaria para competir en el marco de la economía actual y mejorar su nivel de vida. Cuarto, el pilar de la mujer, de modo que las mujeres participen y disfruten de plenas e iguales oportunidades en el terreno económico, político y educativo. Todos estos objetivos son indudablemente laudables, pero sigue asomando una actitud de hipocresía y cinismo que pretende que la mencionada inciativa (MEPI) encubre fallos de la política exterior de Bush, consistentes en el distanciamiento de Europa en los preparativos de la invasión de Iraq, el fracaso a la hora de encontrar y presentar pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq, el compromiso y determinación insuficientes a la hora de solucionar el conflicto palestino-israelí y el intento de controlar el destino y el rumbo de países árabes soberanos. Otro grupo de opinión que incluye opiniones árabes partidarias de las reformas democráticas, considera que los cambios políticos son urgentísimos y apremiantes, pero son de parecer que deben promoverse y generarse de manera autóctona y no importarse y escenificarse desde el exterior. En relación con la mencionada iniciativa sobre Oriente Medio, Salameh Nematt se ha referido en el periódico “Al Hayat”, de Beirut, a “esos generales árabes, que de hecho gobiernan, sea directa sea indirectamente” como los “únicos capaces de eliminar a su pueblo para mantener su autoridad mientras por otra parte ofrecen sus servicios de seguridad a Estados Unidos, servicios de persecución y captura de terroristas sin dejar de hablar –sólo hablar– de reformas democráticas”. No se puede sostener que lo acontecido hasta ahora en Iraq anuncia cambios inmediatos en el sentido del pluralismo en todo el mundo. En Iraq, el régimen se ha derrumbado por completo de modo que el alumbramiento de diversos centros de poder basados en afinidades de carácter étnico y tribal que habían sido eliminadas del paisaje iraquí no ha comportado excesivos problemas; sin embargo, es evidente que existen en todo Oriente Medio regímenes que no han caído. En tanto los regímenes autocráticos se ven debilitados –como la ANP de Yasser Arafat– tratan de reorientar su postura sin dejar de aferrarse desesperadamente a los resortes del poder. ¿Cree alguien realmente que los presidentes Hosni Mubarak de Egipto, Bashar El Assad de Siria o los dirigentes de cualquiera de los países árabes del Golfo querrán de buena gana negociar algo parecido a compartir el poder con las capas populares privadas hoy de derechos civiles? Antes de que se preparen o promuevan manifestaciones y marchas de celebración de los logros iraquíes o afloren atribuciones del resultado alcanzado por haber propiciado la transformación de Oriente Medio en democracias al estilo jeffersoniano, británico, español o italiano, esperemos que se celebren efectivamente elecciones más de una vez... Y esperemos asistir a la instauración de un marco legal y constitucional y a una actitud de apoyo y no de hostilidad de parte de los líderes de las distintas comunidades étnicas, religiosas y tribales. Desde una perspectiva histórica, en Oriente Medio los parlamentos se han visto marginados por parte de autócratas y elites autoritarias. Y, si no es así, los diputados han de aprender diariamente a ejercitar el espíritu y la práctica de la componenda, de la acomodación a las circunstancias y del freno y la moderación. Todos los espíritus reformadores de Oriente Medio deberían propiciar la actitud de aliento y respaldo a la transición iraquí, aunque han de hacerlo a su modo y cuando estén preparados. Se ha franqueado un importante paso. Sin embargo, atribuir a la mencionada inicativa conjunta sobre Oriente Medio (MEPI) la fuerza de cambio capaz de transformar a Oriente Medio de una región dominada por autocracias en otra caracterizada por la democracia resulta como mínimo discutible a menos, naturalmente, que se le haya ocurrido al director de campaña de un candidato en las elecciones a la presidencia de Estados Unidos. KENNETH W. STEIN,
profesor de Historia de Oriente Medio y de Ciencia Política
de la Universidad de Emory, Atlanta (EE.UU.) |