LA VANGUARDIA 3/13/05 ¿Figura la democracia en el menú? Kenneth W. Stein SI LAS AUTOCRACIAS
adoptan maneras democráticas, ¿qué factor
les privará de ser, si cabe, aún más tiránicas
que el régimen anterior? El poder político de los autócratas de Oriente Medio se halla en claro declive. Parlamentos y diputados autoafirman su condición e importancia. Ciudadanos de las sociedades árabes exigen tomar la palabra para decidir sobre su propio futuro. Los medios de comunicación árabes -tanto escritos como en soporte electrónico- se ven inundados de enérgicas críticas provenientes de las elites dirigentes y de los defensores de los valores sociales y del sistema educativo. Compárese el momento actual con el de hace quince años: a principios de los años noventa, toda manifestación pública en Beirut habría sido aplastada por las tropas sirias; un artículo crítico con Arafat habría motivado que su autor fuera a dar con sus huesos en la cárcel, enviando al paro a sus familiares; levantar la voz contra Saddam Hussein habría hecho desaparecer sin rastro al insensato a las dos de la madrugada y la mera mención de los derechos de la mujer en Arabia Saudí podría haber ocapenetración sionado a su autor la pérdida de un miembro. Los afganos, los palestinos y los iraquíes han acudido a las urnas, han puesto en marcha el mecanismo de creación de nuevos regímenes destinados a arrebatar el poder de manos de los señores de la guerra, los líderes tribales o los autócratas. El presidente egipcio Mubaraq se ha mostrado favorable a la celebración de elecciones presidenciales semiabiertas; un Gobierno libanés prosirio ha dimitido por presiones de la opinión pública; cuando se comprobó que un Gobierno aspirante al poder tras la muerte de Arafat arrastraba demasiadas rémoras de su corrupto mandato, el primer ministro se vio obligado a nombrar un elenco de cargos políticos completamente renovado, tecnócratas en su mayoría y no vinculados a la maquinaria política de Arafat dirigida por su camarilla de amigotes. Y, ahora, los libaneses se manifiestan diariamente, clamando por la retirada de 15.000 soldados sirios que ocupan suelo libanés desde los años ochenta. ¿Cómo es que ahora tal iniciativa consistente en desembarazarse de un control autocrático procede a desplegarse efectivamente en toda la región? ¿A dónde conduce? ¿Resulta concebible siquiera que todo vaya a discurrir efectivamente como una seda? ¿Se trata de cambios meramente superficiales y pasajeros o, por el contrario, sólidos y estructurales? Y, en caso de ser duraderos ¿cuáles pueden ser sus implicaciones para Oriente Medio? A lo largo de setenta años, hasta el término de la guerra fría y el final de la guerra del Golfo en 1991, los países árabes combatieron el colonialismo y redujeron a su mínima expresión la occidental. Desde 1991 -y especialmente en la estela resultante del 11-S- Occidente ha regresado, material e ideológicamente, a Oriente Medio con espíritu de represalia. Los principios occidentales relativos a la conducta política y los sistemas democráticos de Gobierno han hendido el tejido autocrático de Oriente Medio. Parte de la explicación puede guardar alguna relación con la muerte de Arafat y la expulsión del poder de los talibán y de Saddam Hussein, pero su partida constituyó el punto final de una era carismática de liderazgo en Oriente Medio. Ha finalizado la era de los líderes de Oriente Medio investidos de un enorme poder. Han desaparecido de escena Arafat, Assad padre, Jomeini, Bumedian, Burguiba, Hassan II de Marruecos, Hussein de Jordania, Nasser, Sadat y el sha de Irán. Cada uno de ellos se ve ahora sustituido por otro autócrata aun cuando, a decir verdad, se trata de figuras menos dominantes y carentes de gran atractivo popular. Han desaparecido también las poderosas ideologías aglutinadoras que cautivaron los corazones y espíritus de la población de la región en el período subsiguiente a la segunda guerra mundial: el nasserismo, el panarabismo, el antiimperialismo, el antisionismo y el anticolonialismo. Algunas perduran aún hoy aunque concitan menor atención. Y de momento tampoco cabe hablar de un panislamismo. Por lo demás, y aun cuando el antiamericanismo pueda en ocasiones sonar como una melodía en cierto modo influyente, la democracia, la libertad y los derechos individuales ponen su naturaleza al descubierto sin paliativos. También se han desvanecido las sociedades carentes de formación, en otros tiempos sumidas en actitudes dóciles, fácilmente manipulables y controlables por gobernantes autócratas. El acceso a internet, a la televisión vía satélite y a los rápidos sistemas actuales de comunicación permitieron a la mayoría cobrar conciencia de los cambios generalizados: los autócratas fueron desalojados del poder como en el caso de Ceausescu en Rumanía, Suharto en Indonesia y la revolución naranja en Ucrania; en cualquier caso, si no se echaba de su trono a la persona, siempre cabía la posibilidad de repudiar de hecho todo un estilo de gobierno. La permanente búsqueda de la autodeterminación por parte de los palestinos y la buena disposición de los israelíes a ello ha ejercido asimismo un enorme impacto en la cadencia de los cambios registrados en el región. La posibilidad de que libertad y la democracia se propaguen en Oriente Medio no implica que por su sola virtud vayan a solucionarse los enormes problemas estructurales, sociales y económicos de la región. La democracia no es un producto comestible, la libertad no garantiza en sí misma un puesto de trabajo. Sin articular un futuro viable democráticamente, ¿qué interés ha de tener una persona en velar con esfuerzo y afán por las libertades laboriosamente alcanzadas? En la transición a la democracia acecha permanentemente el peligro de que las elites anteriores se valgan del nuevo sistema político para atrincherarse en la nueva situación en la medida de lo posible. Cuando las autocracias adoptan maneras democráticas, ¿qué factor les privará de ser si cabe aún más tiránicas o, como mínimo, tan tiránicas como el régimen anterior? Pregunten al respecto a los iraníes que expulsaron al Sha pero que se vieron bajo un régimen de oprobio igualmente autocrático. La Gran Bretaña de Tony Blair suscitó el espectro de este temor y prevención al afirmar recientemente: "Habríamos propiciado un revés realmente grave si nos hubiéra-mos limitado a reemplazar al hombre fuerte de un régimen -el de Iraq- por otro similar. Habría sido una verdadera catástrofe". No obstante, hay que preguntarse: ¿cabría pensar en la posibilidad de que suceda tal cosa en Iraq o o en Afganistán? ¿Qué sucede si hay una figura, un voto, una vez? Porque, si no se priva al autócrata de sus instrumentos de control (fuerzas armadas y servicios de inteligencia así como uso de fondos públicos para fines privados), las elecciones y las constituciones carecen de significado. La democracia puede ser un peligroso sistema político en la estructuración de una sociedad si no funcionan en su seno las instituciones destinadas al control y vigilancia del poder ejecutivo y si la propia población no cumple las normas recién promulgadas y destinadas a su vez a salvaguardar los derechos de los ciudadanos y no de los clanes y tribus. Pese al ímpetu y la vehemencia con que se trata de promover el cambio político, Oriente Medio sigue siendo un lugar donde el clan, la tribu, la identidad étnica y el sectarismo resultan cruciales en el ámbito de la organización social y las decisiones políticas. Y no será fácil derribar tales barreras. Las potencias extranjeras deberían seguir alentando la sociedad civil y el progreso económico. Deben tomarse medidas para reducir el crecimiento demográfico pues -además- si un eventual mayor pluralismo en Oriente Medio no se ve acompañado de un control demográfico no podrá tampoco reducir las migraciones árabes a gran escala. Ni incremento alguno del PIB anual será susceptible de sustentar una democracia -y, en particular, las nuevas democracias- donde la población se duplica en menos de un cuarto de siglo. KENNETH W. STEIN,
profesor de Historia de Oriente Medio y de Ciencia Política
de la Universidad de Emory, Atlanta (Estados Unidos) |