LA VANGUARDIA 03/11/2003 "Obstáculos sin par" KENNETH W. STEIN HASTA
QUE CADA PARTE reconozca la legitimidad nacional de la otra, no podrá alcanzarse
acuerdo duradero alguno entre Palestina e Israel A finales de octubre de 1973, los generales egipcios e israelíes iniciaron con toda circunspección negociaciones directas en un lugar situado a unos cien kilómetros de El Cairo. Centraron sus discusiones en la retirada de sus respectivas fuerzas armadas y el intercambio de prisioneros inmediatamente después de finalizada la guerra. Las conversaciones directas entre Israel y Egipto se desarrollaron a lo largo de seis años. Las negociaciones, favorecidas por la visita histórica del presidente egipcio Anuar El Sadat a Jerusalén, concluyeron de forma definitiva con la firma del acuerdo egipcio-israelí sobre el césped de la Casa Blanca en marzo de 1979. Resulta digno de mención el hecho de que, transcurrido más de un cuarto de siglo, el acuerdo entre El Cairo y Jerusalén permanezca intacto: se ha encorvado, como palmera cimbreante, bajo el efecto de fuertes vientos pero sin llegar a quebrarse. Los dirigentes egipcios e israelíes dieron pruebas de visión, valentía y voluntad política. ¿Por qué palestinos e israelíes no demuestran las mismas cualidades a fin de alcanzar un acuerdo? ¿Por qué no se ponen de acuerdo de una vez sobre las fronteras geográficas y establecen los derechos y deberes de sus respectivos estados al oeste del río Jordán? En el caso de Egipto e Israel, las cuestiones que les separaban eran patentes: Israel aspiraba a su reconocimiento como tal y, ante todo, al compromiso de parte de Egipto a prescindir del uso de la fuerza contra el Estado judío; Egipto, a la retirada de Israel de territorio soberano egipcio. Se intercambió el Sinaí por un acuerdo de paz y la promesa de no ir a la guerra. El acuerdo sobrevivió al asesinato de un presidente egipcio y un primer ministro israelí; pervivió a lo largo del mandato de siete primeros ministros israelíes. Se mantuvo en pie pese a la destrucción israelí del reactor nuclear iraquí, la invasión israelí de Líbano, dos revueltas palestinas, ataques contra diplomáticos y ciudadanos israelíes y un interminable aluvión de brutales ataques de los medios de comunicación egipcios contra israelíes, judíos y sionistas. Actualmente ha variado el escenario palestino-israelí. Las buenas intenciones de instancias externas y los planes bien trazados no bastarán, a menos que se propongan el término del conflicto: ninguna “hoja de ruta” como la impulsada por el cuarteto de Madrid (la Unión Europea, Rusia, las Naciones Unidas y Estados Unidos), ningunas declaraciones reiteradas de un presidente estadounidense o dirigente europeo que contemplen una solución con dos estados, ninguna serie de puntos de vista o acuerdos negociados y firmados por figuras destacadas israelíes o palestinas con carácter no oficial –ha habido al menos media docena, incluido el recientementemente firmado acuerdo de Ginebra– que bosquejen posibles acuerdos y concesiones relativos a la fase definitiva de las principales cuestiones... Aunque, indudablemente, pesan la naturaleza de las personalidades en juego y el vigor o fragilidad de los dirigentes políticos como Ariel Sharon y Yasser Arafat, y tanto los asentamientos como los atentados de terroristas suicidas palestinos alimentan una permanente hostilidad y desconfianza, siguen pesando dos cuestiones esenciales que impiden que palestinos e israelíes acaben con el conflicto que los enfrenta. Hasta que cada parte no se muestre dispuesta a declarar de forma clara e inequívoca que reconoce la legitimidad nacional de la otra parte como realidad incontrovertible, no será posible alcanzar acuerdo duradero alguno. No hay que confundirse: en los acuerdos de Oslo de 1993 y subsiguientes, la OLP e Israel se reconocieron de forma recíproca en tanto que realidades inexcusables, pero no reconocieron el derecho legítimo de la otra parte a la propia existencia como país de acuerdo con las ambiciones territoriales respectivas. En segundo lugar, a menos que cada parte quiera acabar con el conflicto sin que quede en el tintero ninguna cuestión de importancia primordial después de la firma de un acuerdo de paz, será imposible alcanzar un acuerdo palestino-israelí duradero. Mantener los sueños y aspiraciones no equivale a alcanzar un acuerdo definitivo. Para dar cumplimiento a estas dos condiciones fundamentales, los dirigentes políticos de ambas partes han de poner en juego toda su voluntad y valentía y –sobre todo– han de hallarse dispuestos a malquistarse con un significativo sector minoritario de su propio escenario político interno (los elementos radicales tanto laicos como de inspiración religiosa), por más que el hecho de prestarse a determinadas concesiones resulte en conflictos internos y consecuencias directas, prácticas y políticas, para los propios dirigentes. En lo que atañe a los dirigentes palestinos, no han mostrado hasta la fecha una disposición unánime a efectuar algún tipo de concesión sobre el sueño palestino de retorno a Palestina, cuestión que implica la existencia tanto de territorios como de ciudades en lo que es, al día de hoy, Israel. El nacionalismo palestino se compone de numerosos ingredientes, pero su núcleo se halla constituido por el sueño del regreso a la tierra y los hogares que afirma haber sido suyos. En el caso –y cuando tal circunstancia se produzca– de que los palestinos abandonen tal sueño, mostrarán su disposición a aceptar en consecuencia la existencia de Israel como un hecho y del sionismo como una legítima realidad. En el pasado, cuando parecía que palestinos e israelíes estaban a punto de hacer concesiones importantes, los activistas opuestos a todo acuerdo negociado con Israel han recurrido a la violencia contra el propio Israel, e inexorablemente se lanzarán en masa a la calle para manifestar su posición frente al término del sueño del retorno. Para empeorar las cosas, en el caso de los palestinos, y a la vista de una sociedad ya fragmentada por sus orígenes, clanes partidistas, desigualdades económicas y gran diversidad de órganos responsables de la seguridad, puede añadirse que los palestinos afrontan un periodo de incertidumbre (si no de disputas civiles) en el escenario post-Arafat. Aunque la construcción y ampliación de los asentamientos israelíes ofenden a los palestinos, esta cuestión produce asimismo efectos corrosivos en la propia sociedad israelí. Mientras se gastan miles de millones de shekels para apoyar a los colonos y los asentamientos, no se asignan ayudas económicas a los israelíes que viven en la penuria o la necesidad, no se refuerza el agobiado sistema educativo ni se atienden escandalosas carencias en el terreno cultural. Y cuando se requiere a los israelíes laicos que cumplan su servicio militar –quienes, por cierto, protegen los asentamientos con riesgo de sus vidas mientras algunos jóvenes en edad militar eluden el servicio– se ahonda el foso de un tremendo resentimiento contra los colonos. En caso de decidirse la retirada de doscientos mil colonos y pico, el Gobierno israelí se enfrentará a la violencia de quienes se niegan a ceder el más mínimo puñado de tierra tal como prometió a los judíos el Dios del Antiguo Testamento. La cuestión del derribo de los asentamientos será probablemente susceptible de generar actos de violencia entre los colonos israelíes y las fuerzas armadas o de seguridad de Israel, si bien una retirada de los asentamientos israelíes en Gaza podría tal vez hacerse sin violencia. Cuando Sadat negoció con Begin en los años setenta, ninguno de los dos dirigentes hubo de dedicar excesivo tiempo a esbozar los términos del acuerdo: paz a cambio de la devolución de porciones específicas de territorio a lo largo de varios periodos de tiempo. Finalmente, ni el primer ministro israelí, Begin, ni el presidente egipcio, Sadat, permitieron que la cuestión palestina les impidiera firmar su acuerdo. E, igualmente, ni Begin ni Sadat hubieron de preocuparse por la eventualidad de un conflicto civil o una situación tensa en sus respectivos países que pudiera cruzarse en su camino o utilizarse como excusa para no concluir las negociaciones. Además, contando entonces con el factor representado por Estados Unidos, el hecho es que El Cairo, Jerusalén y Washington compartían el objetivo de librar a la región de la influencia y presencia soviéticas. En la actualidad no existen tantos intereses nacionales estratégicos comunes a palestinos, israelíes, y mediadores externos. En los años setenta, las circunstancias y variables en liza eran mucho más favorables a un entendimiento. No es tal la perspectiva que se vislumbra hoy ni mañana. Cuando se desechen los sueños y el liderazgo político asuma los evidentes riesgos que comporta acabar con el conflicto, entonces –y sólo entonces– avanzará el conflicto palestino-israelí por la senda de su conclusión. KENNETH
W. STEIN, profesor de Historia de Oriente Medio y de Ciencia Política
de la Universidad de Emory, Atlanta (Estados Unidos) |