LA
VANGUARDIA
"La
declaración de independencia de Israel"
18/1/04
Kenneth
W. Stein
Israel está dispuesto
a proceder de forma unilateral con o sin un socio negociador palestino,
tal como ha declarado en varias ocasiones el último mes el primer
ministro israelí, Ariel Sharon. Entiende hallarse libre de compromiso
respecto de los palestinos a fin de preservar el futuro demográfico
y económico del Estado judío.
Israel, frustrado por la parálisis y la insolvencia en el seno de la
Autoridad Nacional Palestina, proyecta la separación física de
los palestinos. Sharon especificó sus motivos en su discurso pronunciado
en Herzelia el 18 de diciembre de 2003. Su objetivo consiste en "proteger
la dignidad y el nombre del Estado judío y democrático de Israel" mediante "el
crecimiento de la economía israelí, la educación de los
jóvenes, la absorción de inmigrantes, el fomento de la cohesión
social y la mejora de las relaciones entre árabes y judíos en
Israel". Tal es la "hoja de ruta" de Sharon. Su núcleo
radica en la mencionada "ausencia de compromiso", término
que Sharon empleó 16 veces en su discurso. Su esencia: el conflicto
palestino-israelí es un sumidero que desgasta y consume literalmente
la sociedad israelí.
Tanto críticos y partidarios como observadores se preguntan al unísono: ¿se
limita Sharon a acelerar el motor en punto muerto, expulsando una nube de aire
tóxico y alzando una cortina de humo política o es que piensa
abandonar a su suerte y considerarse libre de obligación alguna con
relación a los mismos asentamientos que en su día alentó y
apoyó?
Considerando las cosas en su contexto, lo que hace Sharon es formular una postura
política israelí de talante centrista. De hecho, Amran Mitzna,
el derrotado contrincante laborista de Sharon, aludió precisamente a
la separación de los palestinos y la protección de la sociedad
israelí contra el terrorismo en 2002 al propugnar que los israelíes
se apartaran y distanciaran "del terrorismo palestino (...) en una iniciativa
unilateral de separación de los palestinos (...) con el acuerdo palestino
y, en caso contrario, mediante la creación de una frontera (...), una
frontera política acordada o una frontera de seguridad unilateral".
¿ Por qué suscitar ahora la cuestión? Sharon piensa en un
escenario de seguridad de Israel con respecto a sus vecinos. Por motivos de alcance
regional, internacional e interno, la política preventiva israelí siempre
está lista para ser aplicada. Cabría preguntarse: ¿qué comprueba
Sharon cuando dirige su mirada al mundo árabe, al otro lado del Mediterráneo,
a su vecino palestino o a Washington..?
El paisaje político de Oriente Medio se halla agitado. Se encuentra
en un estado de semidesorden y parálisis. Todos los estados árabes
observan con atención para comprobar si Iraq puede cohesionarse como
parece que fue viable en el caso de Afganistán. Constatan cómo
los propios países árabes se ven abrumados por los problemas
de la sucesión y continuidad política, la viabilidad económica,
la explosión demográfica y el paro astronómico. Los regímenes árabes,
allí donde se aprecian presiones tendentes a las reformas políticas
internas, se esfuerzan denodadamente por permanecer en el poder, rehuyendo
y esquivando el cambio. Este conflicto provoca tensiones en el seno del sistema
político de todos los países árabes y, especialmente,
en el caso de los palestinos. Constata cómo un frágil mundo árabe
se desliza a la deriva, carente de objetivos, titubeante y sin orientación
ni liderazgo regional. Sharon observa que Siria, Libia e Irán se inclinan
al debate -y, eventualmente, a la actitud moderada- en sus relaciones con Estados
Unidos y Europa. Y que incluso se animan a tantear -a hurtadillas- conversaciones
con Israel. Por más que el Cuarteto se halle frustrado por el ritmo
de caracol de la "hoja de ruta", lo cierto es que en cualquier caso
las Naciones Unidas, Rusia y Europa se ven condicionadas por sus respectivas
prioridades contradictorias.
En el plano internacional, Israel no se halla sujeto a presiones externas,
tan sólo procede según el dinamismo propio. Sharon advierte en
el presidente Bush un alma gemela en el plano ideológico en la lucha
contra el terrorismo El secretario de Estado estadounidense tiene ya un pie
en el umbral mientras el departamento de Defensa y la consejera de Seguridad
Nacional coinciden en considerar a Arafat como un importante obstáculo
para el avance diplomático. Sharon, en año electoral presidencial,
se halla en condiciones de prever una intervención estadounidense limitada
en el terreno de la diplomacia árabe-israelí, como mínimo
hasta la primavera del año 2005. Europa se halla ocupada en las cuestiones
de la inmigración, la solución al estancamiento económico
y la forma de ampliar la Unión Europea de 15 a 25 miembros sin mayores
problemas. Putin saca pecho en Rusia y las Naciones Unidas levanta la voz pero
no muerde.
Sharon detecta cansancio entre los palestinos. Las maneras corruptas y autocráticas
de Arafat han situado a la Autoridad Nacional Palestina en una escarpada pendiente.
Se halla al borde de la bancarrota, con una tasa de paro superior al 50%. En
tales circunstancias, la voluntad de separarse de los palestinos obedece al
propósito de Israel de evitar comprometerse en lo concerniente a la
aportación de ayudas anuales a la economía palestina, así como
de interrumpir o anular el papel de la mano de obra palestina en la estructura
económica de Israel en los próximos decenios.
En el ámbito interno, Sharon vislumbra una relativa situación
segura de su Gobierno encabezado por el Likud hasta el año 2007. Considera
que su Gobierno -aun con la retirada de algunos miembros de su coalición
gobernante (que pueden enfurecerse sólo de pensar en una retirada de
los asentamientos ilegales)- puede gozar de una relativa estabilidad durante
tres años más. Los partidos israelíes de izquierda y de
centro -que en la actualidad no forman parte de su coalición gubernamental-
se hallan prestos a apoyar cualquier iniciativa de separación de los
territorios que se plantee. Sharon sintoniza con una población israelí harta
de carnicerías, ansiosa de librarse de partes significativas de Cisjordania
y Gaza para preservar la identidad judía de Israel. Sharon, que prevé concluir
la construcción del muro de separación en el año 2005,
alza una barrera materialmente infranqueable a los palestinos que sueñan
con regresar a lo que era Israel antes de la guerra de junio de 1967. Y -factor
no menos importante- la economía israelí necesita invertir más
dinero para sacar a los israelíes de la pobreza y menos para las operaciones
relativas a su seguridad. El sistema educativo israelí se halla hecho
jirones a causa de los recortes presupuestarios generalizados. Las desigualdades
sociales en el seno de la democracia israelí (integrada por diversos
grupos y comunidades) exigen una atención inmediata. Toda la operación
tendente a proceder a la separación se refiere, en el fondo, a la voluntad
de verse libre de la responsabilidad moral y económica hacia los palestinos
para orientarla a otros grupos de personas y de población.
Y, por último, hay que referirse al puesto en la historia de Israel
que Sharon quiere para sí. En los años treinta del siglo XX,
David Ben Gurión, el líder del Estado judío en ciernes,
supeditó sus ideales socialistas a un nacionalismo judío en términos
generales susceptible de acoger en su seno todas las perspectivas ideológicas;
en 1948, Menahem Begin, el líder de una milicia clandestina que luchaba
contra los británicos en Palestina -acérrimamente independiente
del liderazgo de Ben Gurion- dió carpetazo a su movimiento para evitar
una posible guerra civil entre las organizaciones militares judías en
pleno combate contra los estados árabes. Begin, nuevamente en los años
setenta, como primer ministro de Israel renunció a los asentamientos
en el Sinaí egipcio, desarrollando una política contraria a su
ideología porque ello significaba un acuerdo de paz con el mayor enemigo árabe
de Israel.
Ehud Barak, el predecesor de Sharon, fue un gran líder militar de Israel
pero fracasó rotundamente como político, rasgo que Sharon no
desea precisamente compartir. Si Sharon decide poner en práctica una
retirada importante de Cisjordania, resistiendo la presión interna y
las críticas internacionales que tal política acarreará,
pasará a engrosar las filas de los grandes líderes israelíes
como Ben Gurión y Begin, quienes hicieron personalmente concesiones
ideológicas en aras de un beneficio real y positivo para el Estado judío.
En cualquier caso, resulta patente que Sharon -si así lo desea- se halla
en condiciones de poner en práctica la decisión unilateral a
que he venido refiriéndome en estas líneas. No está claro,
en cambio, si querrá o no aplicarla, ni cuándo, ni de qué manera,
ni hasta qué punto.
Traducción: José María Puig de la Bellacasa
KENNETH W. STEIN,
profesor de Historia de Oriente Medio y de Ciencia Política
de la Universidad de Emory, Atlanta (EE.UU.) |